RETIRO DE CUARESMA 2026
Este sábado hemos celebrado en la parroquia el retiro de Cuaresma de 2026. Para ello hemos contado con la presencia de Manolo Fanjul, profesor de la Universidad San Dámaso y cura en la parroquia vecina Nuestra Señora de los Ángeles. Manolo nos ha ofrecido pautas para prepararnos para la Pascua en estas semanas previas a su celebración, que han girado en torno a la necesidad de aprovechar este tiempo para renovar nuestro bautismo. De manera sintética, los principales contenidos han sido:
1.
LA CONVERSIÓN ES VOLVER A CASA
La
Cuaresma es una oportunidad de volver a casa. Volver a Dios es lo que dinamiza la
vida cristiana. Lo peor del pecado es que aleja, de Dios y de los demás. La
conversión es volver nuestros pasos en otra dirección. Como en la parábola del padre
y los dos hijos, no basta con levantarse, sino que hay que hacer un camino que
signifique que queremos volver a la casa del Padre. La pregunta que nos tenemos
que hacer es si esa es nuestra intención.
En
ese discernimiento es importante diferenciar lo que es arrepentirse de lo que
es tener remordimientos. Mientras que lo segundo se produce cuando constato que
no soy lo que debería ser (me defraudo a mí mismo), arrepentirse supone
reconocer con dolor que he fallado al otro (aquí la clave es el otro, no yo).
La otra persona tiene el derecho de que yo me arrepienta.
Desde
esta perspectiva, la conversión es obsequiar a Dios y a los hermanos con mi
amor. Cada Cuaresma, Dios nos invita a sentirnos como en casa.
La
Cuaresma es una oportunidad para cuidar la condición bautismal, el sacramento
que nos introduce en la vida de Cristo. En el Prefacio I de Cuaresma se recoge lo
siguiente: “Por él concedes a tus fieles anhelar, año tras año, hoy con el gozo
de habernos purificado, los sacramentos pascuales para que dedicados con mayor
entrega a la oración y a la caridad fraterna, por la celebración de los
misterios que nos dieron nueva vida, lleguemos a ser con plenitud hijos de Dios”.
Para que la vida sea plena hay que vivir una nueva vida, la del bautismo.
Con
él iniciamos la aventura gozosa y entusiasmante del discipulado, desde ese
momento hasta la muerte. Durante el resto de nuestra vida, tenemos que
colaborar con esa gracia que recibimos.
Muchas
personas, sin embargo, no han salido de la fe de la primera comunión y cuando
se han dado cuenta se han sentido ridículos, abandonándola. Frente a esto, estamos
llamados a ser adultos en Cristo.
A
veces se nos presentan el calendario litúrgico como si el tiempo cristiano
fuera circular, pero no es así sino lineal. Tiene un principio y un final. No
estamos dando vueltas, sino que vamos avanzando.
Los
textos que leemos en los evangelios en los tres últimos domingos de Cuaresma
nos pueden ayudar a entender cómo ir avanzando en nuestro itinerario cristiano
a través de tres preguntas clave:
a) La samaritana
Jesús
dice a la samaritana «dame de beber». Aquí hay un deseo en una doble dirección.
El hombre tiene sed de Dios, aunque muchas veces no lo sepa, pero esto tiene un
origen, que es que Dios tiene sed del hombre. Tenemos que descubrir este deseo
en esta doble dirección. Esto nos permitirá interiorizar que lo más importante
que tenemos para dar al prójimo es el amor de Dios.
Jesús
le dice: «Si conocieras el don de Dios y quién es el que te dice “dame de
beber”, le pedirías tú, y él te daría agua viva». La mujer le dice: «Señor, si
no tienes cubo, y el pozo es hondo, ¿de dónde sacas el agua viva?; ¿eres tú más
que nuestro padre Jacob, que nos dio este pozo, y de él bebieron él y sus hijos
y sus ganados?». Jesús le contestó: «El que bebe de esta agua vuelve a tener
sed; pero el que beba del agua que yo le daré nunca más tendrá sed: el agua que
yo le daré se convertirá dentro de él en un surtidor de agua que salta hasta la
vida eterna». La mujer le dice: «Señor, dame esa agua: así no tendré más sed,
ni tendré que venir aquí a sacarla».
La
mujer está respondiendo desde su lógica humana, como solemos hacer nosotros. Hemos
recibido la gracia de Dios, que es como un surtidor, pero seguimos queriendo el
cubo y la cuerda.
b) Curación del ciego de
nacimiento
Después
de curar al ciego de Siloé y de que este fuera expulsado por los fariseos,
Jesús le pregunta «¿Crees tú en el Hijo del hombre?» y él contesta «Creo,
Señor». Esa pregunta y este pasaje nos recuerda que Cristo quiere darnos a
todos una mirada interior. Nuestro problema es que muchas veces nos quedamos en
lo superficial.
Jesús
nos da ojos para ver con más profundidad. Es el salvador de nuestras
oscuridades. Todos tenemos en el corazón zonas oscuras en las que no dejamos
entrar a Dios. Ahí es donde tenemos que pedir a Jesús que sane nuestra ceguera.
Tenemos
que decirle «Señor, que yo quiera verme». El mayor pecado es tener a Dios
delante y cerrar los ojos. Una ceguera muy extendida es la de la mentira.
c) Resurrección de Lázaro
Aquí
la pregunta clave aparece cuando Marta se entera de que llega Jesús y sale a su
encuentro. Después de decir a Jesús que si hubiera estado allí no habría muerto
su hermano, él le dice: «Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí,
aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para
siempre. ¿Crees esto?». Marta le contesta: «Sí, Señor: yo creo que tú eres el
Cristo, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo».
Podemos
vincular este pasaje con el bautismo. Este nos capacita para vivir la vida y la
muerte. El que vive sin la luz de Cristo vive en un sepulcro toda la vida,
mientras que la vida eterna comienza el día de nuestro bautismo. La
resurrección es la esperanza que nos abre a esa vida eterna. Muchas veces
vivimos como si no la hubiera, pero el bautismo nos hace herederos de ella.
3.
EPÍLOGO
Consideremos, amadísimos
hermanos, la resurrección de Cristo. En efecto, como su pasión significaba
nuestra vida vieja, así su resurrección es sacramento de vida nueva (…) Has
creído, has sido bautizado: la vida vieja ha muerto en la cruz y ha sido sepultada
en el bautismo. Ha sido sepultada la vida vieja, en la que has vivido; ahora
tienes una vida nueva. Vive bien; vive de forma que, cuando mueras, no mueras.
(San Agustín, Sermón
Guelferb. 9, 3).





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