DESCUBRIR EL REGALO
Aunque generalmente se
considera un acto positivo y generoso, la práctica de hacer regalos no siempre
tiene esas connotaciones. En ocasiones, lo que se pretende es mejorar la propia
imagen y generar una percepción positiva en los demás. Otras veces, el acto de
regalar se ve influido por la presión social y comercial, que puede llevar a
que su valor se mida más por su precio que por su significado. Los regalos
materiales pueden desviar la atención de la verdadera esencia de las
relaciones, como el tiempo compartido, la comunicación y el apoyo mutuo.
Estas críticas no invalidan
necesariamente la práctica de hacer regalos, pero invitan a reflexionar sobre
cómo y por qué los hacemos. El regalo puede ser una forma no solo de
relacionarnos entre nosotros sino también con Dios. Desde las primeras páginas
de la Biblia encontramos ejemplos de regalos, como los frutos de su trabajo que
presentan a Dios Caín y Abel o los regalos de Jacob a su hermano Esaú para
aplacarlo antes de su encuentro.
Es muy posible que el texto
que más nos evoque la imagen del regalo sea el de los magos de Oriente en el
evangelio de Mateo. Caen de rodillas para adorar al niño y abren sus cofres
para ofrecerle regalos: oro, incienso y mirra. Esta cautivadora historia ha
suscitado un sinfín de representaciones en la cultura popular y su
interpretación teológica y espiritual nos puede ayudar a entender a ese niño
como el mejor regalo.
El oro es bien conocido como
regalo en la Biblia, como el que llega en los navíos desde Tarsis para traer a
los exiliados a Israel y homenajear a Dios. También estaba entre los presentes
que ofreció la Reina de Saba al rey Salomón, junto a gran cantidad de esencias
perfumadas e incienso. Este último ya aparece en el tributo que le pide Dios a
Moisés y en numerosas ocasiones se cita como ofrenda a Dios. Menos mencionada
es la mirra, aunque también está presente en varios textos bíblicos,
especialmente en el Cantar de los Cantares, ya sea refiriéndose a la amada
(«¿Quién es esta que sube del desierto, como columna de humo, perfumada con
mirra?») como al amado («sus labios rosáceos destilan mirra líquida»).
Tal vez la interpretación que
nos toque más cerca es la de los relatos populares, en los que los regalos y
los magos muestran la preferencia de Dios por los más necesitados. Uno de ellos
es la leyenda de Artabán en El otro Rey Mago, escrito a finales del
siglo XIX por Henry van Dyke, en la que se cuenta la historia de un cuarto mago
que no pudo llegar a tiempo para ver al recién nacido. Los cuatro magos se
encontraban en localidades muy distantes y cuando descubrieron la estrella de
Belén quedaron en juntarse en Borsippa, una importante ciudad de la antigua
Mesopotamia.
Según el relato, Artabán fue
el último en salir y en su trayecto se topó con un hombre al que unos ladrones
habían dejado malherido. Entre los regalos que portaba había un gran diamante,
que utilizó para pagar el cuidado de sus heridas, lo que le hizo retrasarse y
no llegar a tiempo a la reunión. Cuando llegó a Belén ya no estaban María, José
y el niño, pero pudo ver la matanza de los inocentes ordenada por Herodes, que
le conmovió profundamente. Utilizó el segundo regalo que llevaba, un rubí, para
intercambiarlo por la vida de un inocente que iba a ser asesinado.
Posteriormente, fue arrestado y condenado a treinta años de cárcel. Cuando
cumplió su condena marchó a Judea, donde decían que se encontraba Jesús. En su
camino, tuvo que detenerse al encontrarse con un padre que, por culpa de las
deudas, iba a subastar a su hija. Artabán le entregó el último regalo que tenía
para Jesús, que era un jade.
Cuando volvió a ponerse en
marcha, habían crucificado a Jesús. En el momento en que conoció la noticia, la
tierra se abrió y se derrumbaron las casas, golpeando una piedra en su cabeza.
Ahí tuvo una visión de Jesús, quien le expresó su agradecimiento por su bondad
y por todas las acciones que había hecho en su vida. La leyenda concluye con
Artabán falleciendo y ascendiendo al cielo. El relato nos muestra cómo el mejor
regalo es darse a quienes más necesitan nuestra ayuda en el camino de la vida.
Ese vínculo entre los magos,
los regalos y la preferencia por la debilidad y los vulnerables lo recogió de
forma muy hermosa Gloria Fuertes en un conocido poema (El camello cojito).
En él, el camello de Gaspar va «cojeando, más medio muerto que vivo,
espeluchando su felpa entre los troncos de olivos». Melchor le regaña por la
«birria de camello que en Oriente le han vendido», pero al llegar a Belén los
tres reyes se quedan boquiabiertos e indecisos, oyendo hablar como a un hombre
a un niño recién nacido: «No quiero oro ni incienso ni esos tesoros tan fríos,
quiero al camello, le quiero». Y a pie vuelven los tres reyes, cabizbajos y
afligidos, «mientras el camello echado le hace cosquillas al Niño».
Esta coincidencia en la
preferencia por los más frágiles y necesitados nos lleva a que a quien pone en
el centro el relato de los magos es a Jesús, que dedicó su vida a aquellos a
quienes la sociedad orillaba. La Epifanía es la fiesta con la que celebramos su
manifestación al mundo. Los magos nos invitan a descubrir quién es Jesús, el
mejor regalo que podemos recibir. Como a ellos, ese descubrimiento nos permite
poder tomar otro camino de vuelta, el trazado por ese niño que nos llama a
regalarnos.
LAC



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