DESCUBRIR EL REGALO

El acto de regalar es una práctica con miles de años de antigüedad presente en todo tipo de culturas. En las más antiguas, regalar objetos raros o hermosos servía para fortalecer vínculos sociales, alianzas o relaciones entre tribus. En nuestra sociedad, los regalos pueden entenderse como una muestra de generosidad, afecto o agradecimiento.

Aunque generalmente se considera un acto positivo y generoso, la práctica de hacer regalos no siempre tiene esas connotaciones. En ocasiones, lo que se pretende es mejorar la propia imagen y generar una percepción positiva en los demás. Otras veces, el acto de regalar se ve influido por la presión social y comercial, que puede llevar a que su valor se mida más por su precio que por su significado. Los regalos materiales pueden desviar la atención de la verdadera esencia de las relaciones, como el tiempo compartido, la comunicación y el apoyo mutuo.

Estas críticas no invalidan necesariamente la práctica de hacer regalos, pero invitan a reflexionar sobre cómo y por qué los hacemos. El regalo puede ser una forma no solo de relacionarnos entre nosotros sino también con Dios. Desde las primeras páginas de la Biblia encontramos ejemplos de regalos, como los frutos de su trabajo que presentan a Dios Caín y Abel o los regalos de Jacob a su hermano Esaú para aplacarlo antes de su encuentro.

Es muy posible que el texto que más nos evoque la imagen del regalo sea el de los magos de Oriente en el evangelio de Mateo. Caen de rodillas para adorar al niño y abren sus cofres para ofrecerle regalos: oro, incienso y mirra. Esta cautivadora historia ha suscitado un sinfín de representaciones en la cultura popular y su interpretación teológica y espiritual nos puede ayudar a entender a ese niño como el mejor regalo.

El oro es bien conocido como regalo en la Biblia, como el que llega en los navíos desde Tarsis para traer a los exiliados a Israel y homenajear a Dios. También estaba entre los presentes que ofreció la Reina de Saba al rey Salomón, junto a gran cantidad de esencias perfumadas e incienso. Este último ya aparece en el tributo que le pide Dios a Moisés y en numerosas ocasiones se cita como ofrenda a Dios. Menos mencionada es la mirra, aunque también está presente en varios textos bíblicos, especialmente en el Cantar de los Cantares, ya sea refiriéndose a la amada («¿Quién es esta que sube del desierto, como columna de humo, perfumada con mirra?») como al amado («sus labios rosáceos destilan mirra líquida»).


Conocer el sentido literal de estos tres regalos aporta información relevante, pero parece más importante interpretar cuál puede ser hoy su significado para nosotros. Desde una interpretación cristológica, los tres regalos lo que hacen es describir al propio Jesús. El oro nos muestra su realeza, el incienso sería un signo de su divinidad y la mirra de su humanidad. Ese Dios hecho niño estaba destinado a morir, como todos nosotros. En el evangelio de Juan aparece la mirra en manos de Nicodemo para envolver el cuerpo de Jesús en los lienzos con aromas. Lo más relevante para quienes enfrentan el dolor y la incertidumbre es que Jesús experimentó la vida humana, incluyendo sus alegrías, sus sufrimientos y hasta la muerte, haciéndose vulnerable y cercano.

Tal vez la interpretación que nos toque más cerca es la de los relatos populares, en los que los regalos y los magos muestran la preferencia de Dios por los más necesitados. Uno de ellos es la leyenda de Artabán en El otro Rey Mago, escrito a finales del siglo XIX por Henry van Dyke, en la que se cuenta la historia de un cuarto mago que no pudo llegar a tiempo para ver al recién nacido. Los cuatro magos se encontraban en localidades muy distantes y cuando descubrieron la estrella de Belén quedaron en juntarse en Borsippa, una importante ciudad de la antigua Mesopotamia.

Según el relato, Artabán fue el último en salir y en su trayecto se topó con un hombre al que unos ladrones habían dejado malherido. Entre los regalos que portaba había un gran diamante, que utilizó para pagar el cuidado de sus heridas, lo que le hizo retrasarse y no llegar a tiempo a la reunión. Cuando llegó a Belén ya no estaban María, José y el niño, pero pudo ver la matanza de los inocentes ordenada por Herodes, que le conmovió profundamente. Utilizó el segundo regalo que llevaba, un rubí, para intercambiarlo por la vida de un inocente que iba a ser asesinado. Posteriormente, fue arrestado y condenado a treinta años de cárcel. Cuando cumplió su condena marchó a Judea, donde decían que se encontraba Jesús. En su camino, tuvo que detenerse al encontrarse con un padre que, por culpa de las deudas, iba a subastar a su hija. Artabán le entregó el último regalo que tenía para Jesús, que era un jade.

Cuando volvió a ponerse en marcha, habían crucificado a Jesús. En el momento en que conoció la noticia, la tierra se abrió y se derrumbaron las casas, golpeando una piedra en su cabeza. Ahí tuvo una visión de Jesús, quien le expresó su agradecimiento por su bondad y por todas las acciones que había hecho en su vida. La leyenda concluye con Artabán falleciendo y ascendiendo al cielo. El relato nos muestra cómo el mejor regalo es darse a quienes más necesitan nuestra ayuda en el camino de la vida.

Ese vínculo entre los magos, los regalos y la preferencia por la debilidad y los vulnerables lo recogió de forma muy hermosa Gloria Fuertes en un conocido poema (El camello cojito). En él, el camello de Gaspar va «cojeando, más medio muerto que vivo, espeluchando su felpa entre los troncos de olivos». Melchor le regaña por la «birria de camello que en Oriente le han vendido», pero al llegar a Belén los tres reyes se quedan boquiabiertos e indecisos, oyendo hablar como a un hombre a un niño recién nacido: «No quiero oro ni incienso ni esos tesoros tan fríos, quiero al camello, le quiero». Y a pie vuelven los tres reyes, cabizbajos y afligidos, «mientras el camello echado le hace cosquillas al Niño».

Esta coincidencia en la preferencia por los más frágiles y necesitados nos lleva a que a quien pone en el centro el relato de los magos es a Jesús, que dedicó su vida a aquellos a quienes la sociedad orillaba. La Epifanía es la fiesta con la que celebramos su manifestación al mundo. Los magos nos invitan a descubrir quién es Jesús, el mejor regalo que podemos recibir. Como a ellos, ese descubrimiento nos permite poder tomar otro camino de vuelta, el trazado por ese niño que nos llama a regalarnos.

LAC

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