AL FINAL LA ESPERANZA

Una de las series más entretenidas de las últimas temporadas es la comedia de ciencia-ficción estadounidense Upload. En ella se plantea que en un futuro próximo los seres humanos que están cerca de la muerte puedan pasar a tener una vida virtual en una especie de paraíso digital transformados en un avatar. Cada una de esas personas es tutelada y asistida por un empleado de un servicio al cliente personalizado, al que llaman «Ángel». Se trata de una sátira tecnológica en la que la muerte es un paso hacia la inmortalidad, pero con una restricción importante: es así mientras tengas dinero, ya que las opciones de subir la vida y los recuerdos a la nube dependen de tus ingresos. Para los que tienen más recursos, esa nueva forma de vida es un hotel de lujo con todas las actividades lúdicas posibles, mientras que los supuestos paraísos de los pobres carecen de esos servicios.

La serie presenta escenas divertidas, pero también plantea cuestiones profundas, como el intento de trascender la muerte a través de un gran elemento de resistencia: la memoria. Ese elemento está también presente en una conocida película de animación infantil, Coco, en la que la muerte es la gran protagonista. En ella, la supervivencia de los muertos es posible mientras los que viven se acuerden de ellos. Recogiendo la tradición mexicana, en la que cada año muchas familias colocan ofrendas y altares decorados con fotos de sus familiares, flores de cempasúchil, papel picado, calaveritas de azúcar, pan de muerto, mole o algún plato que les gustaba a sus allegados, la película invita a niños y adultos a acercarse a la muerte.

Mientras que Coco nos ayuda a reflexionar sobre la muerte sin tristeza ni miedo, sino como un homenaje a la vida misma, la otra historia tiene como trasfondo el temor a ese momento final y la aspiración a una cierta forma de transhumanismo en la que la muerte podría ser vencida con la tecnología. Lo que subyace es el anhelo de la inmortalidad como una prolongación de la vida conocida.

Un creyente puede preguntarse si esta es la mejor idea sobre lo que podría ser la vida eterna. Para los creyentes, la muerte es otra cosa: el comienzo de una vida de plenitud y gozo como vida de Dios mismo. Lo que se inauguraría en el morir del ser humano nada tendría que ver con las condiciones materiales, espaciales y temporales que caracterizan nuestro vivir intramundano. Cuando hablamos de vida eterna, ciertamente nos referimos a algo muy diferente. En el centro de nuestra fe está el misterio de una vida y una muerte experimentadas con nosotros por Dios. La vida eterna es la verdad más profunda de nuestro vivir cotidiano: el amor infinito e incondicionado de Dios.


Para quienes reducen el ser humano a materia la muerte es algo parecido a una obsolescencia programada. En algunas tradiciones religiosas pesa más la idea de un karma como energía derivada de los actos de una persona durante su vida, que condiciona cada una de sus sucesivas reencarnaciones hasta alcanzar la perfección. La idea de la muerte en estas culturas es una disolución progresiva del yo. Esta idea de disolución puede tener elementos de verdad, tanto por un justificado deseo de purificación como por la creencia de que la existencia humana no se apaga con la muerte. Sin embargo, considerar como karma las situaciones de vulnerabilidad degrada a quienes las sufren. La justicia social no vendrá de un sistema de renacimientos, sino de nuestro esfuerzo por construir una sociedad más justa. El final de la vida no puede ser un deshacerse, sino una contemplación dichosa cara a cara en el encuentro con Dios.

Lo que sucederá con nosotros tras la muerte lo podemos intuir desde una mirada creyente. Pensar en la muerte desde esta actitud puede ayudarnos a vivir mejor, incluso con mayor sentido y, por tanto, con mayor felicidad. El reconocimiento de la dignidad de cada ser humano nos sitúa ante la paradoja de que el único modo de vivir plenamente es aceptar que esa plenitud de vida se dirige conscientemente hacia la muerte. Dar sentido a la muerte implica sacralizar la vida.

Nuestro reto principal es entender que esa vida que se apaga es un don recibido, incluso cuando al final puedan asomar las dudas, la tristeza o la pérdida. En el propio Jesús, que muere agobiado y angustiado, vemos lo que cuesta ser fiel hasta el final en una vida humana. Si en Jesús está la verdad de lo humano, su muerte es un retrato verdadero de los seres humanos. Si quien ha vivido la plenitud de lo humano termina en una cruz, nos tenemos que dejar transportar a un nuevo plano existencial, a vivir de otra forma. Getsemaní lo anticipa cuando nos muestra cómo centrar la vida en otro yo más grande.

Para Jesús, ya no hay un destino contra el que no podemos luchar: «Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna» (Jn 3,16). Dios no es indiferente a ningún ser humano. Nos ama plenamente, nos conoce plenamente y nos recuerda enteramente: estar en la memoria de Dios significa vivir. Nos ponemos en sus manos, porque nunca nos dejará. Él es luz en la enfermedad vivida en soledad y presencia acogedora cuando no hay acompañamiento ni abrazo.

Comentarios

  1. javierglezcasado@gmail.com30 de octubre de 2025 a las 22:15

    Un precioso artículo en el que mi corazón coincide con el del autor. Un complemento: la vida eterna se disfruta ya aquí y ahora, en momentos místicos de la existencia donde, con cierta intensidad (Aunque sea en un espejo) atisbamos al Amor al que estamos llamados a sumergirnos (Dicha y plenitud que nos ayuda a desprendernos de todo, para ganar el Todo). Gracias, Luis

    ResponderEliminar

Publicar un comentario

Entradas populares